Lo que un abejorro puede enseñarnos sobre resolución de problemas
En un laboratorio de la Universidad de Oulu, un abejorro de la especie Bombus terrestris se encontró con una flor artificial azul llena de agua azucarada que no podía alcanzar. El techo impedía volar hasta ella y su probóscide no llegaba desde el suelo. A unos centímetros había una bola de corcho o poliestireno. La única forma de conseguir la recompensa era empujar la bola debajo de la flor, subirse encima y usarla como plataforma.
Los investigadores no entrenaron a los insectos en esa secuencia concreta. Algunos abejorros ya conocían que la flor azul contenía comida y que la bola se podía mover, pero nadie les mostró qué hacer con ella. Aun así, varios resolvieron el problema por sí mismos.
Lo que llama la atención es que estos insectos no tienen ninguna historia evolutiva de usar objetos separados para llegar a flores. En la naturaleza recolectan néctar volando o caminando directamente. El experimento publicado en Science demuestra que, sin esa experiencia previa, algunos consiguieron reorganizar su comportamiento para emplear un elemento externo como herramienta.
El estudio también comprobó que los abejorros podían resolver la tarea incluso cuando la recompensa no estaba visible al principio de la maniobra. Eso implica que recordaban dónde estaba el objetivo y planificaban el movimiento de la bola sin tenerlo delante.
En 2017 el mismo equipo ya había demostrado que los abejorros aprendían a mover una bola hasta una zona concreta para obtener comida. Ahora el reto era distinto: usar el objeto como medio para alcanzar algo físicamente inaccesible. Lars Chittka, de Queen Mary University of London, destacó que algunos abejorros empezaban a mover la bola antes de ver directamente el objetivo, algo que resultó más llamativo que ciertos experimentos clásicos con simios.
El hallazgo no sugiere que los abejorros piensen como humanos o como chimpancés. Muestra que un sistema nervioso diminuto puede generar conductas flexibles orientadas a un objetivo sin necesitar un cerebro grande. Algunos insectos incluso probaron estrategias alternativas que los investigadores no habían previsto, usando bordes u otras configuraciones del entorno.
El trabajo dirigido por Olli Loukola y con Akshaye Bhambore como primer autor plantea que entender cómo resuelven problemas estos animales puede revelar principios básicos sobre cómo se aborda la novedad en la naturaleza. La flexibilidad cognitiva, al parecer, no depende exclusivamente del tamaño del cerebro ni de una historia evolutiva de uso de herramientas.