Energía como defensa en la era de IA y datos orbitales: seguridad, baterías y la lucha por los semiconductores
La seguridad de nuestras redes y servicios depende de un hilo común: la energía. En Europa, la evidencia reciente señala que el verdadero talón de Aquiles no es la fuerza de las tropas, sino la fragilidad de infraestructuras críticas expuestas a sabotajes, ciberataques y dependencias geopolíticas.
En Ucrania, las acciones bélicas han dejado claro que la lucha no se limita a lo militar: se dirige contra subestaciones y redes para convertir la calefacción, la luz y el agua en objetivos estratégicos. En las primeras semanas, el sector energético fue atacado más de 200 veces; un ataque con un wiper destructivo habría podido dejar sin calefacción a medio millón de personas. Además, el mapa de vigilancia de cables submarinos, como el recorrido del buque Yantar, revela una dimensión física de la guerra cibernética: mapear y medir infraestructuras críticas para presionar a la OTAN y a las democracias occidentales.
Para la industria eléctrica europea, estos hechos impulsan una revisión profunda: no basta con mantener el modelo actual. Un informe de Agora Energiewende muestra que el despliegue de tecnología eólica y solar entre 2019 y 2024 ayudó a evitar la compra y quema de 92.000 millones de metros cúbicos de gas. Pero la red es cada vez más digital, interconectada y descentralizada, lo que aumenta la superficie de ataque. Entre el 70% y el 80% de los inversores solares en Europa provienen de fabricantes chinos, y el control hardware implica potencial control del software. La conclusión estratégica es clara: la seguridad debe integrarse en la defensa de facto de la región.
Una coalición de expertos ha propuesto tres pilares para sostener este nuevo modelo: seguridad de la red, descentralización y resiliencia civil. En Hamburgo, nueve gobiernos firmaron un pacto para blindar el Mar del Norte con 100 gigavatios de capacidad eólica y una vigilancia compartida; surgió también la idea del Atlantic Bastion, un plan para desplegar micrófonos, sensores y drones submarinos para proteger los cables estratégicos. En palabras de Richard Shirreff, exsubcomandante aliado, la seguridad energética debe tratarse como política de defensa de facto: “la energía ya no es solo una mercancía para la prosperidad económica; es la primera línea de la defensa”.
La transición hacia un sistema más descentralizado no es, sin embargo, trivial. Frente a esa vulnerabilidad, se enfatiza que el despliegue de fuentes distribuidas dificulta ataques masivos. Pero también emerge un nuevo campo de batalla: la geopolítica de materias primas y semiconductores. En el análisis de Agora y otros observadores, China mantiene una posición estratégica en materiales críticos y, a la vez, exporta módulos lógicos avanzados que controlan turbinas y redes. En este contexto, la seguridad energética se enlaza con la soberanía tecnológica y la capacidad de sostener una economía digital sin depender desproporcionadamente de un único actor global.
El desafío no se queda en el viejo mapa de la energía. BloombergNEF señala que la última pieza del puzle renovable —el almacenamiento— ha roto la barrera de costos, con baterías para proyectos de cuatro horas situadas en 78 dólares por MWh, un hito histórico que cambia el equilibrio entre demanda y oferta. Pero el abaratamiento también desata nuevas tensiones: la demanda de gas para generación eléctrica ha subido y el crecimiento de parques solares en China, impulsado por políticas que obligaron a instalar baterías, ha lanzado una ola de sobreproducción. En Occidente, esto ha llevado a planes para recuperar control industrial: proyectos para extraer galio de desechos y asegurar cadenas críticas, y una reserva estratégica llamada Project Vault que busca proteger inversiones frente a caídas de precio o dumping. Todo ello está en juego en un tablero global de alto costo humano y económico.
La idea de un sistema 100% renovable ya no es solo una promesa climática: es una necesidad de seguridad. Pero ninguna transición funciona en silencio. A la reconversión de la energía se suma un nuevo capítulo tecnológico: la IA depende de una demanda eléctrica cada vez mayor. Microsoft, por ejemplo, avanza con contratos masivos de energía renovable para sostener su nube e IA_GLOBAL, mientras diversifica su mix energético hacia opciones como nuclear para cubrir huecos temporales. En este contexto, la carrera de la IA ya no es solo una batalla de modelos: es una carrera por garantizar la disponibilidad de electricidad estable y competitiva a largo plazo.
El siguiente hilo común es claro: la energía, la logística y la tecnología deben dialogar como una única estrategia. El almacenamiento ya no es sólo un complemento; es la columna vertebral de redes modernas y de sistemas de IA que deben operar sin interrupciones. Y, en esa intersección, surgen nuevas preguntas: ¿cómo protegemos la infraestructura física y digital ante amenazas híbridas? ¿cómo aseguramos cadenas de suministro de materiales críticos frente a la geopolítica? ¿cómo fusionamos la IA más avanzada con una red eléctrica que sea resistente, descentralizada y sostenible?
La seguridad energética debe tratarse como política de defensa de facto. La energía ya no es solo una mercancía para la prosperidad económica; es la primera línea de la defensa.
En resumen, la era de la IA y de las redes inteligentes exige repensar la seguridad desde sus cimientos: no basta con crear software más inteligente; hay que asegurar que el combustible de esa inteligencia —la electricidad— esté disponible, asequible y protegida frente a una mezcla de riesgos físicos, ciberataques y tensiones geopolíticas. Si Europa y el resto del mundo logran articular esa tríada de resiliencia, la promesa de una red más limpia y más inteligente podría convertirse en una realidad estable y robusta.
En este cruce de caminos, la pregunta no es solo qué tan inteligentes serán nuestros algoritmos, sino qué tan confiable podrá ser la infraestructura que les permita pensar, aprender y operar a escala. La respuesta está por escribirse, pieza a pieza, en las decisiones sobre energía, semiconductores y redes que hoy están en la mesa de ministros, ingenieros y estrategas.