IA, hardware y exploración: OpenAI vs DeepSeek, Galaxy S26 y un rover autónomo en Marte

IA, hardware y exploración: OpenAI vs DeepSeek, Galaxy S26 y un rover autónomo en Marte

La IA ya no es solo un tema de laboratorio; se entrelaza con decisiones políticas, estrategias empresariales y experiencias cotidianas, desde la forma en que vemos televisión hasta los límites de la exploración espacial. En 2026, cinco historias recientes muestran un paisaje en el que la tecnología avanza a varios frentes simultáneamente y nos obliga a pensar en gobernanza, innovación y responsabilidad.

En Washington, OpenAI elevó el tono en un proceso de vigilancia tecnológica al señalar a la startup china DeepSeek por copiar componentes de IA mediante destilación y por intentar eludir controles a través de rutas técnicas y comerciales que, a su entender, amenazan la propiedad intelectual y la seguridad. El relato, presentado ante comités del Congreso, describe un patrón en el que salidas de modelos estadounidenses —incluidos los de OpenAI y laboratorios punteros como Anthropic— se utilizan para entrenar sistemas propios sin autorización.

La destilación, que extrae sabiduría de un modelo grande para entrenar a otro más pequeño, se utiliza de forma legítima en la industria; según OpenAI, el problema surge cuando se hace sin acuerdos contractuales, y con técnicas de elusión que van desde el acceso mediante redes intermedias hasta la utilización de revendedores no autorizados. OpenAI advierte de que este tipo de prácticas podría debilitar incentivos para invertir en innovación local y, además, abrir puertas a usos poco controlados en dominios sensibles como biología o química.

El debate no se restringe al plano económico: algunos documentes sitúan a DeepSeek como uno de los casos más visibles dentro de un grupo de actores chinos que buscan acortar distancias tecnológicas mediante estas técnicas, lo que, en opinión de OpenAI, añade capas de complejidad a la gobernanza de la IA a escala global.

En paralelo a este pulso geopolítico, el mundo del consumo tecnológico continúa expandiéndose con nuevos dispositivos y experiencias. Samsung, por ejemplo, ofrece una tele Neo QLED de 55 pulgadas, la QN74F, a un precio cercano a su mínimo histórico. El modelo combina la retroiluminación Mini LED con la promesa de un brillo exigente y una función Vision AI capaz de optimizar la imagen y, según la narrativa de su tienda, mantener actualizaciones durante siete años. Aunque el detalle principal es el precio (550,05 euros en la tienda oficial, con un cupón adicional del 5%), lo relevante para la conversación es cómo estas pantallas reflejan la era en la que la IA ya se integra en la experiencia de usuario cotidiana.

La experiencia móvil también avanza a través de Samsung Galaxy S26, cuyo lanzamiento está previsto para el 25 de febrero y que ya se promueve con iniciativas como pantallas gigantes en 17 ubicaciones de distintas ciudades del mundo. Estas campañas destacan la visión de Galaxy AI y anticipan One UI 8.5, con mejoras en fotografía nocturna y otras prestaciones, señalando que la IA se convierte en un eje central de los productos de consumo avanzados y de las experiencias de usuario.

El impulso de la IA no se detiene en el bolsillo de los consumidores. Anthropic anunció un compromiso contundente: cubrir el 100% de los costes de infraestructura y electricidad asociados a sus operaciones de IA. El anuncio llega en medio de proyecciones de demanda energética para centros de datos de IA, donde se estiman decenas de gigavatios en la próxima década. Entre los planes y acuerdos citados, figuran colaboraciones de OpenAI con Nvidia para potentes inversiones en GPUs y contratos con AMD y Oracle para alcanzar capacidad de 6 y 4,5 gigavatios, respectivamente, aunados a las expectativas de Meta y otras empresas sobre su contribución de energía. La noticia subraya, además, que la Unión Europea podría invertir miles de millones para grandes centros de datos, apuntalando la infraestructura necesaria para una IA cada vez más integrada en la vida diaria, la economía y la investigación.

Y mientras el software se vuelve más autónomo y asequible, la exploración espacial ofrece un recordatorio contundente de hasta qué punto la IA ya está en el terreno real. En Marte, un rover ha estado conduciéndose de forma autónoma durante dos días, demostrando que las capacidades de razonamiento y control basadas en IA pueden operar fuera del control humano directo. Este caso, por más simple que parezca en su titular, ilustra una verdad subyacente: cada avance tecnológico extiende el alcance de lo posible, desde la sala de servidores hasta las fronteras del sistema solar.

En conjunto, estas historias invitan a pensar en una pregunta práctica para 2026: ¿cómo equilibramos la promesa de una IA más poderosa con la necesidad de salvaguardas compartidas, gobernanza responsable y una economía que siga invirtiendo en investigación sin dejar de atender la demanda de energía y de uso cotidiano? La respuesta no es única, pero pasa por una conversación continua entre reguladores, empresas y comunidades técnicas para que la tecnología siga sirviendo a las personas, sin sacrificar la seguridad ni la sostenibilidad.

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