IA, empleo y herramientas cotidianas: hacia una economía en transición
Entre avances y anuncios, la IA está empujando respuestas políticas, modelos de negocio y herramientas que ya cambian la vida diaria y el entorno laboral. Cinco historias recientes muestran que la economía tecnológica ya no es solo laboratorio, sino terreno donde se negocian empleos, ingresos y conocimiento.
Un informe del Foro Económico Mundial señala que la IA podría generar 170 millones de empleos nuevos, pero también destruiría unos 92 millones. En Estados Unidos, el Senado maneja cifras similares sobre pérdidas laborales, estimando un rango de hasta 100 millones de empleos destruidos. Estos datos alimentan el debate sobre cómo mitigar el impacto mientras se aprovechan las oportunidades que la IA podría traer.
En este marco, figuras como Elon Musk y Sam Altman han indicado la renta básica universal como una posible herramienta para atenuar el impacto social de la IA. En Reino Unido, el gobierno admite que se está discutiendo la renta básica como parte de una estrategia para proteger a los trabajadores durante la transición. Morgan Stanley, por su parte, reporta una pérdida neta de empleos del 8 por ciento en el Reino Unido en los últimos 12 meses, lo que intensifica la preocupación por el costo humano de la automatización.
Las voces públicas que tocan este tema coinciden en la necesidad de una red de seguridad que no deje a las personas solas. El alcalde de Londres, Sadiq Khan, y la secretaria de Tecnología del Reino Unido, Liz Kendall, advierten sobre un periodo de transición en el que la IA podría afectar especialmente a empleos de cuello blanco, y sostienen que las comunidades deben recibir apoyo para adaptarse. Un estudio de la Universidad de Huelva sugiere que la renta básica universal puede mejorar la capacidad de las personas para cubrir necesidades básicas sin dejar de buscar empleo, facilitando la capacitación para nuevos roles que la IA podría generar.
Sobre el financiamiento, el debate continúa. Algunas visiones señalan que las empresas que emplean robots deberían contribuir a la renta básica; otras proponen gravar a las compañías tecnológicas para financiar la transición. En cualquier caso, la pregunta de fondo es quién paga la factura de una red de seguridad y cuál es el marco para que el mercado laboral pueda adaptarse con mayor holgura.
En el frente tecnológico cotidiano, Google Maps dará un giro relevante al incorporar Gemini para facilitar la edición de información de locales. La función, identificada en una versión específica, transforma el proceso de sugerir cambios en un negocio en una experiencia similar a un chatbot. Los usuarios podrán indicar cambios como cambios de horarios o datos erróneos, y Gemini se encargará de actualizar la información. Además, aparecerá una opción para eliminar informes de carretera no reales, y Gemini permitirá plantear preguntas mientras se camina para obtener respuestas contextuales. Todo ello persigue una información más actualizada y precisa para los usuarios.
El terreno de la IA proactiva también muestra luces y sombras. OpenClaw es un asistente de IA de código abierto que opera en la propia computadora del usuario y puede gestionar tareas como organizar correos o manejar mensajes en apps de mensajería; su rápida popularidad ha generado debates sobre seguridad, ya que al contar con permisos podría acceder a sistemas y claves. Paralelamente surge Moltbook, una especie de red social para IA donde estos agentes interactúan entre sí sin intervención humana, lo que plantea retos de seguridad y ética sin precedentes. Estas dinámicas muestran un ecosistema donde la automatización interna de herramientas y redes puede redefinir flujos de trabajo y seguridad de la información.
En el plano de movimientos de capital y visión de futuro, SpaceX ha anunciado la compra de xAI, la empresa propietaria de X (antes conocido como Twitter) y Grok, en una operación valorada en aproximadamente 1,25 billones de dólares. El anuncio se enmarca en una conversación sobre cómo la IA podría requerir infraestructuras de datos más expansivas, incluyendo planes para lanzar una flota de hasta un millón de satélites para crear un centro de datos para IA. Aun así, el relato también trae cuestionamientos técnicos y prácticos: la energía necesaria, la disipación de calor y la velocidad de las comunicaciones en órbita presentan retos significativos, y la promesa de un proyecto de tal escala debe confrontar la realidad de la ingeniería y la economía. El propio Elon Musk es conocido por plantear visiones audaces que no siempre se han materializado en el tiempo esperado, recordando que no todas las promesas se cumplen al ritmo deseado.
Desde una óptica humana y cultural, la IA también invita a mirar su discurso de forma crítica. En la literatura psicológica, la idea de la IA como un espejo textual se contrapone a la complejidad de la imagen corporal, que no es unidimensional y depende del contexto, de las personas con las que nos comparamos y de nuestras capacidades para actuar con nuestros cuerpos. Este enfoque recuerda que la tecnología debe entenderse a través de la experiencia humana y su diversidad, y que su adopción debe ir acompañada de sensibilidad y responsabilidad social.
En definitiva, estas historias se cruzan en un hilo común: la IA está acelerando cambios que requieren aprendizaje, seguridad y cooperación entre gobiernos, empresas y comunidades. La transición no es solo tecnológica, es política, social y ética, y su éxito dependerá de cómo combinemos innovación con un marco humano que acompañe a las personas en su vida diaria y en su trabajo.